La miel de los faraones

Por Eduardo H. Grecco

Mathew Clark, es un gran amigo y antropólogo americano especializado en cultura del antiguo Egipto, y del mundo árabe hasta la caída del Califato de Córdoba. Hace años me hizo el regalo de darme a conocer la obra de Nemer Ibn el Ramses que, según cuenta la leyenda, fue un místico que vivió en el siglo XI de la era cristiana, en una pequeña aldea cercana a la ciudad de Asiut, metrópolis que fuera, en su momento, la capital del XIII nomo del Alto Egipto.
La ciudad, situada a la orilla del Nilo y a unos 320 Km. al sur del El Cairo, debido a su ubicación estratégica, fue un gran centro comercial en donde confluían caravanas procedentes del mar Rojo y de Nubia. El dios protector, venerado en esta ciudad, era Upuat (representado por la imagen de un perro salvaje o un lobo), de donde proviene su nombre griego de Licópolis. Fue, también, el lugar de nacimiento del filósofo Plotino (205-270), fundador de neoplatonismo y por su lugar geográfico, así como, por razones históricas y culturales, jugó un rol significativo como foco de irradiación de antiguas tradiciones esotéricas, mágicas y científicas. Es bueno tener presente la influencia copta en esa región y que existe una narración acerca de que por esa zona José, María y Jesús deambularon cerca de 10 años en su tiempo de exilio de Israel.
En este contexto nació, se supone que en torno del año 950 d.c., Nemer Ibn el Ramses. Considerado, en su época, como un sabio loco, llevó una existencia misteriosa y practicó una de profesión indefinida; tal vez una cruza entre médico, filósofo y profeta, quizás debiendo ocultar su pasión por la Alquimia.
De las pocas páginas que de su pluma nos han llegado, se desprenden curiosas apreciaciones acerca de la salud, la enfermedad y la curación pero, en especial, sobre la alquimia faraónica del antiguo Egipto, tema en el cual parece haber sido no solo persona versada sino un distinguido guía.
Entre las varias cosas que me interesaron del trabajo de este maestro (del cual, mi amigo Clark, me trasmitió lo que por tradición oral se agrega, junto con la lectura de los restos de sus textos, en agradables tardes de discipulado y traduciendo directamente del árabe al castellano) hay una que hoy quisiera compartir. Ojalá no fuera yo el responsable de esta labor porque la persona de quien escuché este mensaje seguramente lo podría escribir con una precisión y una belleza que a mi me falta.
Sin embargo, así están las cosas y como el tema toca, en un punto, directamente el trabajo de la obsidiana y aspectos de la cosmovisión que la fundamente, me parece, éste, un momento propicio para dejar que un conocimiento que he recibido con generosidad circule entre la comunidad de la obsidiana. ¿De que se trata? De la miel, los faraones y la obsidiana.

Una cuestión de miel

Nemer Ibn el Ramses sustenta la idea de que la estructura del poder en el Egipto faraónica se basaba en la idea de la existencia de un orden cósmico-espiritual que se reproducía en la tierra de modo semejante, y que, del respeto de los hombres a esa configuración superior invisible dependía el equilibrio de las cosas visibles.
En este punto la abeja aparecía como el símbolo de la relación de la autoridad real con un pueblo obediente. Inclusive, en esta dirección, Champolión, comenta que la palabra abeja toma el sentido, en la escritura jeroglífica, de “rey de un pueblo obediente”.
Este hecho se puede confirmar en diferentes tablas y textos del Antiguo Egipto, en los cuales aparece la palabra abeja con la misma significación, lo cual permite generar una imagen determinada sobre el símbolo de la abeja: el ser una representación del linaje sagrado de los faraones y su producto, la miel, un signo de la sabiduría. Por otra parte, en torno del año 1200 a.C. la miel era un producto reservado para alimento de los faraones y personajes importantes del imperio y la apicultura era una ciencia sacerdotal.
A partir de esta idea, Nemer desprende la afirmación de que la teocracia faraónica estaba organizada según el modelo de un panal, que todo el Egipto faraónico era una colmena que participaba en la producción de miel de la sabiduría.
Al mirar las cosas con este horizonte se comprende el porqué la miel funcionaba como el alimento de Ra. Alimento que no era otra cosa que luz líquida, sol fundido, nutriente de los muertos en su viaje hacia su destino, placer de los sacerdotes, sabios y maestros, alegría para los corazones enamorados. No esta demás, aquí, señalar que la palabra Faraón, significa: la gran casa, el panal donde se daba cobijo a todos los miembros del enjambre.
Por eso el maestro Nemer insiste en que las pirámides fueron panales de piedra en donde el enjambre de trabajadores alisaban la roca hasta darle la forma adecuada y, en el vértice superior de la obra terminada, colocaban un emblema del Faraón, de tal manera que, este instrumento establecía una conexión y un canal por donde los rayos del sol llegaban del cielo a tierra.
Así, la jerarquía terrestre reflejaba el orden cósmico, la geografía visible la invisible y todo giraba en torno de un principio supremo de obediencia. La obediencia que hace que la personalidad no quede a la intemperie del alma, que la esclava no quede desprotegida del amo, que el hombre no sea abandonado por Dios. La obediencia que se relaciona con el amor, en cuanto que contribuye al bien común y no la orientada por el temor o el miedo. La obediencia que conlleva responsabilidad y participación. La obediencia a los dictados del alma.
El maestro alquimista recomendaba, entonces, con toda esta mitología detrás, preparar un elixir con obsidiana y miel, por un proceso de depuración, calcinación y transmutación, a lo largo de 21 días, que otorgaba, al ingerirlo, la disposición para aprender a desarrollar la virtud de la sabiduría de la obediencia.
Suena un poco extraño encontrar esta referencia y el uso de la obsidiana por esta vía y con este fin si dejáramos de lado las formas metafóricas de las cuales con frecuencia se valen los alquimistas para trasmitir sus conocimientos.
Siempre creí, al releer una y otra vez esta información que con ella el maestro árabe nos quiso hacer llegar la propuesta de una lección para aprender. ¿Cuál? Que la vida no sólo consiste en producir miel y no hiel, luz y no sombras, sino que, además, hay una organización en ella a la cual se debe obedecer. Que lo espiritual dirige lo material, el maestro al discípulo, el símbolo al arquetipo. Pero cuando se esta dominado por le arquetipo (las obscuridades de pasado en las cuales estamos encarcelados) sólo podemos liberarnos de él en la medida que lo vivamos con conciencia y a plenitud.
La maestra Ana Silvia Serrano, invita a trabajar los arquetipos, como, por ejemplo, el de la esclava, para disolver la fuerza inconsciente que ata a las personas a la autoridad tiránica interior que se proyecta, luego, en una figura exterior: amos que maltratan, padres que castigan, personas que abusan… La cuestión no consiste en liberarse de una energía externa tiránica, sino de la tiranía interior que le da vida a la primera. Y esto se puede lograr con la ayuda de las geometrías de obsidiana.
Por mi parte, quiero agregar a la propuesta de Ana Silvia que, como en el panal, todo sucede en el marco de una tarea compartida y colectiva con un fin común que para nosotros es la evolución (ser más, unirnos más). La obediencia a la ley del alma, la ley del amor es la miel de la cual deberíamos libar para que al nutrirnos de ella reconfortemos nuestro corazón que, a veces, se amilana y retrocede olvidando que la vida sólo nos propone lo que estamos preparados para enfrentar.

Esta entrada se publico el Miércoles, Agosto 15, 2007 a las 6:34 PM y está archivado bajo la categoría Aportaciones de la Comunidad. Puedes seguir las respuestas a la entrada con RSS 2.0 RSS. Puedes comentar, o ligar desde tu sitio web.

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