El magisterio del fuego
Por Eduardo H. Grecco
El espacio o la persona fulminada por un rayo tienen la cualidad de transformarse en algo sagrado
James George Frazer
Hace poco terminé de leer la prueba de página del próximo libro de Ana Silvia Serrano sobre las virtudes terapéuticas del huevo de obsidiana aunque, en realidad, creo que la médula del texto se encuentra más centrada en la perspectiva que plantea sobre la mujer y sus atrapamientos arquetípicos. Esta lectura me produjo sorpresa e inquietud; sorpresa, por la frescura y fluidez con que aborda temas espinosos y difíciles de poner en palabra e inquietud, por las consecuencias que se desprenden de sus planteos, no siempre sencillas de asimilar para la conciencia, dado que, implican gestionar un cambio profundo de paradigma sobre las relaciones que unen y separan a los hombres y mujeres y sobre el sendero necesario a recorrer para alcanzar este cambio. Si comprendí adecuadamente su propuesta, supongo que tengo que ponerme a trabajar con vigor sobre mis propios atores patriarcales y así contribuir, desde mi sitio, a una transformación imperiosa en nuestra sociedad, ya que, como Ana Silvia hace notar, es solo a partir de operar esta acción en cada uno, en la cotidianeidad de nuestra vida, como será viable un cambio de estructuras. En suma, dejar de mirar afuera esperando que la sociedad se modifique y ponerse manos a la obra de trabajar sobre uno mismo.
Pero más allá de estas consideraciones, la lectura me llevó hacia antiguos intereses intelectuales por la simbología del fuego. La obsidiana es la semilla de la fragua volcánica. Los volcanes sueñan y sus sueños se cristalizan en piedra de obsidiana y ese producto ígneo hace que quienes laboran con la “negra y luminosa piedra” sean maestros de los sueños del fuego. Tal vez sea una imagen pero no menos cierta por ser imagen, y el huevo que nace de la piedra y que la mujer introduce en su fragua vaginal lleva a ese espacio femenino misterioso los sueños del volcán. ¿Y con que sueñan los volcanes? Con el momento de dar a luz la sombra que los abisma por medio de la alquimia de fuego. Cuando esto ocurre la tierra tiembla y los cimientos de nuestras creencias entran en entredicho. Esto es así, por que la obsidiana no es solo una piedra bella y enigmática sino un símbolo de la mutación alquímica del plomo de la sombra en oro de conciencia, que puede operarse en la vida de una persona, mediante este antiguo y negro polvo filosofal. Es la experiencia, en contacto con su fuerza, lo que permite darnos cuenta de todo lo que nos pertenece y nos es desconocido, poblar de palabras el silencio de nuestros síntomas y realizar un acto renovador de nuestra existencia, uno de esos actos que comienzan siendo una crisis de conciencia y acaban haciendo emerger de nuestras profundidades olvidadas lo mejor de nosotros mismos.
La obsidiana es lava que se ha enfriado a una velocidad tan increíble que los minerales que yacen en su seno no han tenido tiempo de llegar a formarse. Se la conoce como piedra de los abismos, por el hecho de que surge desde lo más visceral de la tierra, los volcanes, y por esta razón se la inviste, simbólicamente, con un carácter de piedra vinculada a la lucha y el fuego y de ahí deriva su relación con las artes ígneos: alquimia, herrería, cerámica, cocina….
En sus aristas se reflejan todos las oscuridades del alma humana sin que puedan penetrar en su interior y, quizás, por este motivo fue ancestralmente considerada una piedra de protección. Su naturaleza dual de ser ciega y dar luz, de mostrar y ocultar, de despejar los ojos del alma y cerrar los del cuerpo, representa el trabajo alquímico de ascensión de los seres humanos en su proceso de evolución desde lo más bajo (su nigrum, su sombra, su inconsciente) para llegar a la cima de la conciencia expandida y la plenitud del espíritu. De esta manera, se encuentra en los comienzos de todo proceso de llegar a ser pero, también, en las zonas más cercanas al logro de la individuación.
En este punto de la reflexión recordé un relato que me hizo hace tiempo Ana Silvia, casi como una confidencia. Cuando ella tenía 37 años, un año uno, un año de inicios, le ocurrió un suceso inesperado. Era una mañana de lluvia y Ana Silvia, que es una buena amazona, montada a caballo, galopaba. Supongo, que la sensación de cabalgar bajo la lluvia y dejar que el agua moje la cara tiene su encanto y, por lo que recuerdo en mi, produce una gran vivencia de libertad. Uno siente que esta en medio de los elementos en estado puro, en contacto con la mas primitivo de su propio ser y de la naturaleza. En ese momento, casi mágico, un sonoro trueno hizo oír su voz y Ana Silvia recibió un rayo: el fuego del rayo la envolvió. Durante casi 3 horas estuvo en el piso en trance por el shock. El caballo permaneció a su lado durante todo ese tiempo como si la estuviera cuidando. En ese estado Ana Silvia tuvo un sueño: la madre tierra la hablaba y le decía que le había pedido a su hijo, el rayo, que la fecundara. Que el fruto de esta fecundación era la misión de trabajar con la obsidiana para ayudar a las mujeres y hombres a conectarse con la energía femenina. Hasta aquí el relato pero lo importante son los efectos que esa experiencia produjo en Ana Silvia. Sobrevivió a un rayo (símbolo del fuego celeste), lo que no es poco, y concretó una tarea en la dirección de su sueño.
El Evangelio nos enseña que por los frutos las cosas se pueden conocer y, en este caso, luego de leer el nuevo libro de Ana Silvia Serrano y observar su obra terapéutica, no puedo menos que pensar en ella como maestra del fuego y shamana de la obsidiana; en su trabajo como un magisterio del fuego y en ese episodio de su vida, cuando fue tocada por un rayo, como una epifanía de las fuerzas genésicas (trueno, rayo, lluvia) que aseguran la fertilidad biocósmica y que la pusieron en el vórtice de un momento iniciativo en su existencia. Ella lo supo incorporar y gracias a ello hoy podemos disfrutar la lectura de sus investigaciones.
